Pues esto va llegando al final. Para este último día completo la idea es ir a la ciudad de Korcula. El día antes habíamos estado haciendo cuentas del tiempo que nos costaría llegar hasta allí.
Como en los últimos días, pillamos el coche y desayunamos en la cafetería que está cerca de nuestro anterior alojamiento. Luego emprendemos la marcha por la misma carretera del día anterior. El tiempo es bueno.
Hay un punto en el que nos desviamos hacía una península en cuyo extremo se coge un ferry hacía la isla de Korcula. Leemos que es precisamente este día cuando se celebra una fiesta allí y prevemos encontrarnos con coches y mucha gente pero, a pesar de esto, de camino a Korcula no encontramos tráfico ni mucho movimiento.
Llegamos al lugar donde se coge el ferry sobre las 13:00. Nos ponemos los últimos de una larga cola de coches que esperan para embarcar. Ahora había que averiguar donde comprar los tickets. Preguntamos a unos españoles donde se compran y nos indican donde está la taquilla aunque por otra parte Ivan ya la ha encontrado. Son tres pasajes para nosotros más otro para el coche.
La espera no se hace larga y en un rato vemos venir el ferry. Una vez han salido los coches que vienen de Korcula es nuestro turno de embarcar. Justo antes de hacerlo vemos a un personaje curioso: es un turista que lleva como una especie de red en la cabeza o algo muy parecido a un cesto. Creemos que podía ser un elemento de pesca.
El personal del barco nos indica donde dejar el coche. Subimos a cubierta. En poco tiempo el barco se pone en marcha y lentamente nos dirigimos a Korcula, isla que aparece a lo lejos. Las vistas merecen mucho la pena y no perdemos la ocasión de hacer fotos. A popa tenemos el puerto que acabamos de dejar y a proa vemos Korcula, que cada vez aparece más próxima a nosotros. Casi a punto de llegar a puerto, una barca se nos pone al lado del ferry y las chicas que van a bordo nos saludan a lo que nosotros respondemos con otro saludo. Es maja la gente de aquí…
Los pasajeros van bajando hacia sus coches y nosotros hacemos lo mismo. Nos montamos y en cuanto abren la puerta y salen los coches que tenemos delante nuestro nos ponemos en marcha hasta la ciudad de Korcula. No tardamos en llegar.
Aparcamos en un lugar donde también hay barcos amarrados. Al igual que en Baska Voda es una persona quien nos cobra el aparcamiento. Hemos tenido suerte al aparcar tan rápido aunque sea pagando…
El casco antiguo no está lejos. A Korcula le llaman la pequeña Dubrovnik y la razón es que también tiene su núcleo medieval rodeado por una muralla que en gran parte de su perímetro delimita con el mar. Además tiene torres de defensa.
Entramos por la puerta principal. Justo en la entrada hay unas escaleras que llevan a una torre donde hay un museo en el que no entramos. Desde el espacio elevado donde nos encontramos podemos ver como más abajo hay sillas preparadas para algún espectáculo y eso nos hace recordar lo que leímos en la guía sobre que era precisamente este día en el que se celebraba una fiesta allí, pero la verdad es que no se notaba mucha afluencia de gente. Bajamos. Las callejuelas no son muy amplias y la que cogemos nos lleva a una pequeña plaza donde se encuentra la iglesia. De camino vemos tiendecillas de recuerdos, de productos típicos y restaurantes que aprovechan los pocos metros de calle que tienen para poner sus mesas.
No resulta difícil recorrer de punta a punta la ciudad. Enseguida llegamos a la muralla por la parte que toca el mar y el paisaje es espectacular: es como una bahía donde vemos la otra orilla a lo lejos y altas montañas de fondo. Damos la vuelta por el exterior de la muralla, justo por donde hay un puerto deportivo. En ese momento esta llegando una embarcación en la que uno de sus tripulantes pide ayuda para bajar y poder amarrar el barco.
Como es tarde y el ticket de aparcamiento no es eterno, decidimos ir buscando donde comer. Buscando un lugar donde llenar el estómago resulta que al final volvemos a recorrer otra vez las mismas calles de Korcula sin ver un sitio que nos convenza. Al final llegamos a una zona con varios restaurantes con vistas al mar y que parece que están bien. Nos decidimos finalmente por uno con la intención de comer pescado típico de la zona. La carta vemos que está bien y, aunque no es excesivamente económico, nos decimos que “un día es un día”. Uno de los camareros nos informa sobre cosas que le preguntamos sobre los platos. Resulta que podemos pedir un pescado para cada uno o varios, porque hay diversos tamaños. Lo interesante del asunto es que tienen allí una nevera donde tú escoges el pez que te vas a comer, así que cada uno elige a “su víctima” y vuelta a la mesa. Lo mismo pasa con el vino. El camarero describe como es cada vino que tienen expuesto para poder coger así como el precio. El trato es bueno y muy profesional.
Menuda comida nos pegamos. Buena y de calidad. Además, el vino resulta ser muy bueno. Las vistas, una pasada. Merece la pena comer así, aunque el día amenace lluvia.
Además una vez hemos acabado recibimos dos visitas: un gatito en busca de una buena ración de raspas de pescado y un turista español. Parece ser que nos ha escuchado hablar y se ha acercado a saludarnos. Nos contamos el viaje que estamos haciendo y la verdad es que lo que más nos sorprende es que nos dijera que tuvieron sensación de inseguridad en Mostar. Nosotros en ningún momento tuvimos esa sensación. Es más, la ciudad nos pareció animada. En fin, que la conclusión es que cada uno ve lo que está predispuesto a ver. Cosas de nuestra cabeza…
Nos despedimos y ya nos vamos para el coche no sin antes dejar de hacer la típica parada técnica para comprar algún recuerdo. También aprovechamos para entrar en la iglesia, que es pequeña pero coqueta. No dejan de entrar grupos de turistas con su correspondiente guía comentándoles lo que allí pueden ver.
Llegamos al coche y nos dirigimos al lugar donde se coge el ferry de vuelta. De camino hacemos alguna foto panorámica de la ciudad. Cuando llegamos al embarcadero nos damos cuenta que el barco se acaba de ir y debemos esperar un buen rato. Somos los primeros de la cola…
Como todo llega en esta vida, al final el ferry vuelve y embarcamos. Delante nuestro vemos un gran velero que junto al Sol, que está empezando a bajar, crea una imagen de postal. Nosotros hacemos también nuestra propia postal: una foto en el ferry que recuerda a la imagen de la película “Los Lunes al Sol”, donde sale Javier Bardem entre otros.
Y al llegar a la otra orilla emprendemos el viaje de retorno a Dubrovnik. Lo que haremos de camino será parar a hacer alguna foto de la puesta de Sol desde un mirador con la imagen del relieve que forma esta costa como paisaje. No somos los únicos en parar…
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